viernes, 24 de marzo de 2017

Historias del bar (1)


Hace un rato he ido a la cafetería del despacho a por algo de cafeína. Cuando te quedas hasta las cuatro de la mañana leyendo y te levantas a las siete, necesitas varios litros para poder funcionar. Mientras esperaba a que me sirvieran ha entrado una chica alta, morena y me ha llamado la atención por lo divina de la muerte que iba vestida. Pantalones negros, sin duda alguna de Boss, blusa blanca que tenía bastante aspecto de ser de la colección de primavera de Tintoretto y unos taconazos maravillosos.  Lucía una de esas imágenes de revista de moda que tanto nos encandilan y sí, yo también me he enamorado hasta que la criatura ha abierto la boca.
—Ponme un café con leche
—¡Enseguida! —le ha respondido el camarero que es un amor de hombre.
—Pero házmelo cargadito. No ese “aguachichi” que te sale de vez en cuando.

Cri, cri, cri…

miércoles, 22 de marzo de 2017

El yoga de la muerte


Una de las cosas a las que me he aficionado recientemente ha sido al yoga. Al margen del deporte que practico casi a diario, necesitaba una actividad física que me sirviera para conseguir algo de paz y equilibrio.  Así es que, hace unos meses decidí probar una clase en el gimnasio. La verdad es que salí encantada. Tanto que, desde entonces, al menos un día a la semana intento dedicarle una horita a la paz espiritual.


Esta mañana estaba preparada para darlo todo cuando ha aparecido una señora nueva que nos ha informado que la clase la iba a dar ella. Hasta ahí todo bien. Qué más da quién me calme el alma si lo hace bien, ¿verdad? Todo iba bien hasta que la mujer ha empezado a decir: “Inspirad, expirad”. Al principio he pensado que a lo mejor se había equivocado. Sin embargo, en cinco minutos nos ha matado a todos como cuatrocientas veces. Yo he intentado concentrarme en lo mío. Pero cada vez que decía lo de “expirad” yo me veía muerta en el suelo del gimnasio. Y con un ataque de risa lo más discreto que podido me he salido de la clase. 

Veinte minutos después ha llegado casi todo el mundo al bar con el mismo cachondeo. Ellos también se han visualizado muertos y no les ha gustado nada el tema. Ahora estamos decidiendo quién le explica a la buena mujer lo de inspira y espira porque mañana no nos apetece que nos vuelvan a matar…  

lunes, 12 de diciembre de 2016

Annus Horribilis



Corría el año 1992 cuando la Reina Isabel II de Inglaterra calificaba así los últimos doce meses de su vida. Algunos miembros de su familia más directa se habían divorciado y a ello había que sumarle los quebraderos de cabeza que le estaba ocasionado Diana de Gales, a la que nunca quiso entender. La reina pronunció estas palabras en un banquete que se organizó en honor con motivo de sus cuarenta años en el trono. Recuerdo que estaba más pálida de lo normal y que, de no haber sido porque es una mujer educada para mantener las formas, aunque se esté muriendo por dentro, se habría roto delante de todo el mundo. En aquel momento yo aún no había cumplido los veinte. Lo primero que pensé cuando vi su imagen en la televisión era cómo alguien que lo tenía todo podía calificar nada de “año terrible”. En todas las familias se cuecen habas y la suya no iba a ser diferente. Ahora, muchos años después, sonrió con tristeza al recordar lo que equivocada que estaba. 

2016 ha sido mi particular “Annus Horribilis”. Podría enumerar todas las desgracias que no me han sucedido. Sería fácil acogerme a la tan manida frase de “podría ser peor”. ¡Por supuesto! Todo puede ser más cruel y espantoso de lo que podamos imaginar, pero también puede ser mucho mejor y maravilloso. Siempre he sido más de fijar mis objetivos hacia arriba en vez de hacia abajo. También podría optar por explicar una por una todas las cosas malas que sí me han pasado. En más de una ocasión he sentido la tentación de hacerlo. Pero cada vez que me he sentado delante del ordenador para narrarlas, me ha asaltado la misma pregunta: ¿Para qué? ¿Va a cambiar algo?

Nunca suelo hacer balance de los años que terminan. No me gusta mirar hacia atrás. La vida me ha enseñado que el pasado no se puede cambiar, que el futuro está por venir y que lo único que nos queda es el momento. “Carpe diem” decía Robin Williams en “El club de los poetas muertos”. ¡Qué poético y qué cierto a la vez! Hoy no va a ser la primera vez que empiece a repasar estos últimos doces meses. Solo voy a enumera algunas de las emociones, a compartir algunos de los pensamientos que me rondan en una madrugada en el que medio mundo se prepara para celebrar la Navidad. 

Hay personas que te hacen daño, que te rompen hasta el punto en el que despiertas una mañana y ni siquiera sabes quién eres. Seres que se acercan a esa luz que desprendes hasta que consiguen apagarla del todo. Gente a quienes, una vez se les ha pasado la fascinación por tu forma de ser, intentan cambiarte a toda costa, con cualquier argumento. Todo vale para que al final del camino sientas que tú tienes la culpa de todo y que te mereces la forma en la que te están tratando.  Hay seres a quien un día escogiste querer sin saber cómo y cuánto te estabas equivocando. Pero tú eres así. Muy de darlo todo, de luchar y de quedarte hasta el final. Da igual que ese final te destroce, porque piensas que tienes la conciencia tranquila por aquello de que “al menos lo intenté”. 

Todos nos hemos encontrado alguna vez con esta clase de humanos. Algunos tienen la inteligencia de saberlos detectar a tiempo y alejarse de ellos. Otros, sin embargo, parece que se sientan atraídos hacia ellos como si de una especie de droga se tratara. Es como si cada vez que te propusieras alejarte del chocolate porque te mata, llenaras con él la cesta de la compra cada vez que vas al súper. Esa clase de comportamiento que sabes que no te conviene para nada, pero que eres incapaz de detener sabiendo que cada minuto que lo mantienes estás muriendo un poco más. 

Durante los últimos 365 días he deseado casi con la misma intensidad huir y encerrarme. ¿Contradicción? No. Puedes perfectamente liarte la manta a la cabeza, viajar a cualquier parte del mundo mientras que vas construyendo una coraza en tu interior. Un muro enorme que impida que nadie más vuelva a acariciarte el interior. Han sido días en los que he pensado que todo había terminado y que era más fácil asumir que ciertas cosas de la vida no son para mí. Se puede seguir adelante mientras te tengas a ti mismo. Pero precisamente ese ha sido uno de los principales problemas.  Dicen que para encontrarse primero hay que perderse. A poder ser, mucho. En 2016 me he perdido tanto que la mañana en la que fui a buscarme solo encontré escombros y basura. 

Alguien optimista estará pensando que aquello era lo mejor que podía encontrar. Porque, ¿qué se hace con los escombros y la basura? Recogerla y tirarla para volver a construir. Pero, ¿cómo edificas algo cuando ya no crees? ¿Cuál es el secreto para salir cada mañana de la cama por una razón que tenga que ver exclusivamente contigo y no con el mundo que te rodea? No lo hay. Al menos, yo no lo he encontrado. Hay ocasiones en los que la realidad se burla de nosotros y la única respuesta que nos ofrece para las grandes preguntas que le formulamos es un simple “porque sí”. Y no te queda más remedio que apretar los dientes, seguir respirando y tratar de que todo a tu alrededor sea lo más normal posible. No es que te apetezca, ni que estés encantada. Ni siquiera se trata de que seas fuerte. Es que eres de esas personas que piensan que la gente que te rodea no tiene la culpa de tus mierdas. 

Y van pasando los días, las semanas, los meses.  Pero, lejos de estar mejor y mirando hacia adelante con optimismo, tienes la sensación de que cada vez hay más escombros en vez de más limpieza. Has llegado a un punto en el que hasta la rutina más simple te cuesta la misma vida. Sigues peleando. Eso en mi caso se traduce en seguir sentándome cada mañana frente al ordenador para intentar escribir una, trescientas, cuatro mil palabras o ninguna. Lloras, moqueas, pataleas y te cagas en la vida.  Al principio cada minuto, después cada diez y, con suerte solo cada hora. Hay momentos en los que crees que es mejor salir de la cueva porque nadie se merece sufrir. Otros en los que te convences de que la cueva es el mejor refugio que puedes tener. 

En medio de esta montaña rusa de emociones ha llegado diciembre y sigo sin querer echar la vista atrás. Sé que he perdido mucho en el camino, pero también he aprendido. El precio ha sido muy alto. Demasiado sufrimiento… one more time. Una parte de mí no quiere confiar ni relacionarse con las emociones ajenas. Pero sé que si sucumbo a ella será la muerte.  Seguiré respirando, pero pasaré por la vida de puntillas. Y no es así como lo imaginé. 

Hace unos pocos días alguien muy cercano me dijo: “Solo tienes que creer”. A lo mejor es una gilipollez más.  O tal vez tenga razón. Tampoco quiero analizarlo demasiado porque creo que es una de esas decisiones de blanco o negro, todo o nada. Se cree o no se cree. En lo que sea: La Navidad, el Black Friday, la HBO o en que hay vida inteligente en Internet... Cada uno encuentra sus motivaciones para hacerlo.  Yo he sido de encontrar las mías. Solo son dos. Las necesarias para pensar que 2017 será ESE año que me merezco, que nos merecemos, que os merecéis. 

jueves, 26 de mayo de 2016

En ocasiones veo magia



Hace unos días tuve que ir al aeropuerto a recoger a un autor que venía a pasar unos días a Barcelona. Fui con bastante tiempo porque me gusta observar siempre el ambiente que se respira en la zona de llegadas. Esas caras de entusiasmo, de ansia, de expectación ante el inminente momento de ver a los seres queridos a los que tanto se ha echado de menos. O tal vez se esté esperando a ese ser que verás por primera vez y que es posible que se convierta en el amor de tu vida. 
Me puse como siempre en la parte de atrás junto a la cafetería. Desde allí tenía una visión perfecta de todo lo que acontecía. Después de pasear la mirada durante varios minutos me fijé en un chico alto, moreno. Cómo no verlo. Ahora seguro que pensáis que voy a decir que era guapísimo y divino. Pues no. El chaval era de lo más normalito del mundo, aunque había algo que le hacía sobresalir sobre el resto. Me acerqué un poco hacia donde se encontraba para comprobar que era cierto lo que mis ojos habían intuido. En efecto. Allí estaba. 
En la mano derecha y casi a ras de suelo el joven llevaba un montón de globos de colores que trataba de ocultar de la vista de los demás probablemente para no ser objeto de burla o mofa. Siempre hay gente muy gilipollas, ya sabéis. En la mano izquierda llevaba un montón de ositos de peluche unidos entre sí con cintas de colores. 
El corazón se me aceleró. Lo confieso. Estaba a punto de presenciar uno de esos encuentros románticos que se ven en las películas y que, reconozcámoslo, nos hacen babear a todas.  Consulté la llegada del vuelo de mi colega de profesión y recé para que llegara después de que la magia se hubiera producido antes mis ojos. 
Por azares del destino así fue. Unos pocos minutos después vi cómo al chico se le iluminaba la cara. Seguí la dirección de sus ojos y yo también sonreí. Una chica rubia, muy joven caminaba en dirección a él con las mejillas sonrojadas. Entonces él levantó las manos haciendo así que los globos se elevaran junto con los ositos de peluche. Y sí… Todas miramos, babeamos y hasta se nos escapó una lágrima. Porque, por mucho que nos empeñemos en lo contrario, hay cursiladas que molan¡¡

miércoles, 11 de mayo de 2016

El libro de mi vida


Tenía doce años cuando leí mi primera novela de Victoria Holt. “La herencia Landower” se titulaba. Hasta aquel momento había pasado los años de mi niñez devorando todo lo que caía en mis manos (incluidas las novelas de la colección Jazmín y Harlequín que cambiaba en el estanco cada semana). Era verano y, mientras en mi casa veían la enésima reposición de la serie Falcon Crest, me iba a mi cuarto a perderme entre las páginas de ese libro. 
La historia me cautivó desde el principio. Dos hermanos, una chica, un misterio y la posibilidad de un gran amor. Tardé solo unos pocos días en devorarlo. Al llegar a la última página tuve esa sensación que ahora me es tan familiar. La de quedarme huérfana. Qué iba a ser de mí sin saber nada más de esos personajes que habían llenado las últimas horas de mi vida. Encontré la respuesta un par de noches después.  
A la mañana siguiente me levanté y fui directa a la hucha en la que guardaba la paga semanal que me daba mi madre. La abrí. Cogí todo el dinero y fui a la librería. Me compré todo lo que tenían de aquella autora que tanto me había fascinado. El resto del verano fue de los mejores que recuerdo. Días de playa y de interminable lectura bajo la sombrilla. Durante esas semanas se fraguó en mi interior parte de la persona que soy ahora. Un solo libro bastó para prender la llama que todavía sigue viva. 
Y vosotros… ¿Tenéis un libro que os marcó?

jueves, 28 de abril de 2016

lunes, 18 de abril de 2016

Un instante especial


Una de las cosas que más me gustan del hecho de escribir es conocer las opiniones de los lectores. Tanto si son buenas como si son malas siempre aprendo mucho de ellas porque me hacen reflexionar sobre cómo enfocar mi próximo proyecto. Desde que hace un mes se publicó “Un vestido a mi medida” me han ido llegando comentarios de todos vosotros sobre una historia que he pretendido que sea diferente y que os emocione. A todos los que os habéis tomado un minuto de vuestro tiempo para hablar conmigo… ¡Gracias!

Ayer tuve ocasión de vivir uno de esos momentos en los que te emocionas hasta más no poder. Ese instante en el que se te eriza la piel desde la nuca hasta la cintura y el estómago te cosquillea con fuerza. El motivo de esta reacción de mi cuerpo se llama Ana. Una chica de quince años que se ha convertido ya en mi lectora más joven y que me escribió una de las críticas de mi última novela que más me han emocionado por su sencillez, su sinceridad y por la pasión que ha puesto en cada una de las líneas que me ha hecho llegar.

Es un inmenso placer para mí que me acompañes en este viaje y espero que volvamos a encontrarnos pronto:)