martes, 6 de octubre de 2015

Frescor Salvaje


Los más jóvenes es posible que no hayáis oído nunca hablar de esto pero, a principios de la década de los ochenta, hubo un anuncio en televisión que animó bastante al personal. En él una señorita con un cuerpo de escándalo corría por la orilla de una playa paradisiaca completamente extasiada. Así fue como la gente de marketing nos dio a conocer en su día la marca de desodorante FA, el frescor salvaje del Caribe. 
Mi madre, aunque nació en 1932, siempre ha sido una mujer muy avanzada para su tiempo. Así es que, en cuanto vio aquel spot, ni corta ni perezosa corrió a la droguería de confianza porque quería experimentar la misma sensación de la muchacha del anuncio. Desde aquel momento en mi casa no entró otra cosa y yo crecí siempre envuelta en aromas frescos, cítricos y, por supuesto, salvajes. En mi vida adulta he seguido sus mismas pautas. En parte por ser lo conocido y también porque, en lo que aromas se refiere, me parezco bastante a ella. Así es que siempre que tengo que escoger algo para aplicar sobre el cuerpo prefiero lo ácido y fresco a lo dulzón. 
El caso es que llevaba tiempo queriendo probar las famosas toallitas esas de higiene íntima que tanto anuncian en televisión y que, en mi opinión, tienen un nombre poco comercial. Deberían de haberlas llamado Chichi directamente en vez de Chilly.  Pero supongo que a la multinacional en cuestión que las ideó la primera opción debió de parecerle poco apropiada. El otro día fui al súper con tiempo (algo rarísimo) y me dediqué a pasear por los lineales con calma para echar un vistazo a todo. Cuál fue mi sorpresa al encontrar las toallitas en cuestión perfectamente apiladas y con un envase muy atractivo. Me acerqué a mirarlas con detenimiento y comprobé que hay dos tipos. Unas con fórmula suave (es decir, dulce) y otra con fórmula fresca (o sea… la mía). Sin pensarlo dos veces me llevé la segunda en formato mini para el bolso y ahí han estado hasta esta mañana. 
Como últimamente no tengo tiempo ni para mirarme al espejo (prueba de ello es que el otro día salí maquillada con purpurina a las siete de la mañana) hoy no iba a ser diferente. He llegado al bar para desayunar tan acalorada que parecía recién salida de una sauna. De modo que he ido directamente al lavabo a refrescarme un poco. He entrado en el baño y, al abrir el bolso para coger un cleenex he visto las toallitas íntimas. En ese momento he pensado: “Pues mira ya que estoy pues me lo refresco todo”. Y p’allá que me he ido. 
Tengo que confesar que el producto funciona bien. Quizás hasta demasiado. Porque hace casi tres horas de eso y todavía tengo el frescor salvaje del Caribe justo ahí. ¡Cuánto marcan las cosas de la infancia, oiga!




lunes, 5 de octubre de 2015

Una casa en Pedralbes





Hace un rato iba andando por el Paseo de la Bonanova y contemplaba los palacetes que había a un lado y a otro. Me he preguntado quiénes serían las personas que viven en ellos, cómo serían sus vidas, a qué problemas se tienen que enfrentar en su día a día, qué les motiva, qué les apasiona. Lo que odian, lo que adoran… Al principio solo me han venido a la mente banalidades tipo: “No sé qué bolso de Vuitton ponerme hoy”, “Cómo amargarle la existencia a mi asistenta filipina” o “qué laca de uñas combina mejor con mi lencería de La Perla”. Luego he ido entrando en materia hasta llegar a la conclusión de que, lo más seguro, sus preocupaciones sean las mismas que las mías solo que a otro nivel. Lo que para mí son 500 euros para ellos deben ser 5000. Sus hijos seguro que no necesitan ayuda escolar pero probablemente sus padres donen dinero a alguna de las muchas entidades que luego patrocinan programas escolares, etc…  Y sí, también me ha dado por dejar salir mi lado más escéptico y salvaje al pensar en la de desalmados de la banca o del mundo empresarial en general que habitarán esas humildes moradas.

Mientras caminaba absorta en mis pensamientos no he podido evitar echar la vista atrás. Algo que hago en muy pocas ocasiones por aquello de que el pasado ya no tiene solución. Sin embargo hoy no he podido evitar caer en la nostalgia y en el absurdo juego del “¿Y si…?”. Como ya era de prever no he llegado a ninguna parte pero se ha producido algo curioso. Todo lo que me rodeaba lo he visto absolutamente posible. Solo es cuestión de proponérselo, de dar el primer paso para pasar al siguiente nivel. Seguro que algunos estáis pensando que tengo el síndrome de la clase media,  esa dolencia que lleva a pensar a las personas que si trabajan duro podrán ganar más dinero para mejorar tanto su vida como la de aquellos que la rodean. Pues no. Puedo asegurar que no soy víctima de ningún tipo de síndrome. Sino más bien de una certeza. No sé si conseguiré una casa en Pedralbes. A lo mejor si algún día puedo permitírmela a lo mejor no la quiero y me da por regresar a mi casa en Benidorm. Ni idea. Pero el simple hecho de ver la posibilidad como algo real ha provocado que esté viendo las cosas de otra manera y eso…. Siempre es un excelente comienzo. 

domingo, 4 de octubre de 2015

La loca del coño

Hace unos días mientras corregía un manuscrito me vino a la cabeza una idea atrevida y un poco gamberra. Para quienes todavía no lo sepáis, suelo escribir con el gestor de redes sociales abierto y, en cuanto se me ocurre algo, lo comento con todos vosotros. Se me acababa de cruzar por la mente un título para una novela: La loca del coño
¿Por qué un nombre como ese? Probablemente porque llevo bastante tiempo muy formal y, sobretodo, hace muchos meses que trabajo más horas de las que cualquier persona en su sano juicio debería. Si a eso le unimos mi carácter extrovertido y la presión que llevo tenemos como resultado que mi mente genere ideas como esta.
Fue entonces cuando pensé: “Por qué no escribes una novelita corta que se titule así”. Y tal cual lo compartí con vosotros en Twitter y Facebook. Enseguida, vosotros que afortunadamente estáis igual de estupendos de la azotea que yo, me animasteis a desarrollar un poco más la idea.
En este momento en el que llevo cuatro proyectos literarios al mismo tiempo desearía que los días tuvieran setenta y dos horas en vez de veinticuatro. Pero, tal fue la acogida de la novelita en cuestión y lo que me apetece desconectar aunque sea media hora al día de lo que hago habitualmente que, sin apenas darme cuenta, empecé a teclear la sinopsis de la historia sin pensar en nada más.  Y este fue el resultado:

Antonia Conesa Cara tiene 40 años y es carnicera. Lleva casada desde los 20 con Pepe, alias "el levantito". Lo llaman así porque, desde que se quedó en paro, se pasa la vida en el bar. Hace cosa de un año "le dio un aire" y se le quedó la boca un poco torcida. Tienen un hijo, Manu, que estudia segundo de bachiller pero que también se dedica a trapichear con drogas. 
Una mañana Antonia se levanta con un terrible dolor de cabeza y va al botiquín a por un ibuprofeno. Desconoce que es allí donde su hijo guarda la mercancía. Cuando llega al trabajo empieza a encontrarse mal pero muy bien al mismo tiempo. Durante el tiempo que le dura el cuelgue de la pirula que se ha tomado se verá a sí misma en otra vida, en otro mundo. Cuando se recupere querrá tener todo aquello que ha vivido de forma tan intensa durante las últimas horas.

De nuevo os hice partícipes de la idea y vuestra respuesta ha sido tan espectacular que hasta tenemos propuestas de portada.

By Jean Larser


By Virginia Pérez de la Puente

“La loca del coño” no tiene editorial. Tampoco se la he ofrecido a ninguna. Pero, ahora mismo,  lo que menos me preocupa. Lo que si tengo claro es que quiero sacar adelante una idea divertida, un poco gamberra y con la que pueda dar rienda suelta a todo lo que se me pase por la cabeza. Lo único en lo que pienso en cómo irle complicando la vida cada vez más a Antonia, la carnicera del Poble Sec.

¡Os iré informando!

lunes, 28 de septiembre de 2015

Doce meses



Hace exactamente un año se publicó “Bésame mucho”, primer volumen de la trilogía “Bésame”.  Amazon fue la primera plataforma en la que la criatura se dio a conocer a los lectores para, una semana después, estar en todas las librerías. No estaba nerviosa. El hecho de que solo me conocieran en mi casa a la hora de comer ayudaba bastante. Además trabajar durante muchos años en prensa escrita me había acostumbrado a ver mi nombre impreso en papel aunque, por supuesto, de otro modo. Solo había una cosa que me preocupaba en realidad: Que la historia que había escrito con tanto esfuerzo y cariño llegara a los lectores. Me daba igual si gustaba o no. Mi único interés era no dejar indiferente a quien se acercara a aquel primer libro.
Empezaron a llegar los primeros comentarios y, en general, todo lo que me decían los lectores era bueno. Por supuesto había muchas cosas que mejorar pero las impresiones que me llegaban eran buenas. No soy muy dada a creerme este tipo de cosas. Supongo que es la consecuencia de ser siempre tan exigente conmigo misma y pensar que, aunque me digan que algo está bien, no llega a ser del todo cierto. No porque me engañen, sino porque mi mente siempre está un paso más allá.
Tras los comentarios llegó la promoción. Me subí en un avión a mediados de octubre y me bajé, como aquel que dice, en Navidad. Visité Málaga, Maracena (Granada),  Benidorm, Madrid, Alicante, Santiago de Compostela y Barcelona. Fue en ese “World Tour” cuando empecé a conocer a gente auténtica. A ese tipo de personas que estaba convencida de que se habían extinguido. Por suerte estaba equivocada. Fui recibida con un cariño enorme por lectoras/es a los que no había visto en mi vida y también por libreras/os con los que tan solo había intercambiado un par de mensajes a través de las redes sociales. Y flipé… mucho. Todo.
Cuando volví a casa a comerme el turrón se podría afirmar que no caminaba, más bien levitaba con el subidón que llevaba después de tantas cosas buenas. Por suerte soy bastante consciente de que el éxito es efímero y que solo se mantiene si eres capaz de seguir realizando un trabajo de calidad. Al menos eso es lo que me han enseñado tantos años de profesión.
Han pasado doce meses. He recorrido media España para dar a conocer mi trabajo  y, en el camino, han nacido otros dos libros más que han completado la trilogía. El próximo mes de noviembre podréis conocer el desenlace. Me muero de ganas de que tengáis la novela en vuestras manos. En todo este tiempo he seguido conociendo a gente maravillosa. Suena a tópico pero, quienes me conocéis, sabéis lo asquerosamente sincera que soy y que si hubiera conocido a un hatajo de cabrones lo diría igualmente. Pero no ha sido así
Quiero daros las gracias DE VERDAD a todas las personas que estáis conmigo cada día. A quienes me habéis acompañado durante estos últimos doce meses, a los que ya estabais ahí antes y me lleváis aguantando años. GRACIAS por el cariño, por los buenos momentos, por las risas, por ser mi fuente de inspiración a la hora de definir a un personaje o crear un diálogo. GRACIAS por hacer que todo este sueño se haya hecho posible y, sobre todo, GRACIAS porque ahora en casa me conocen también a la hora del desayuno y a la de la cena. Juas¡¡¡

Un beso enorme para tod@s y nos vemos en nada¡¡

sábado, 26 de septiembre de 2015

Cuando el tiempo va hacia atrás






Hola me llamo Raquel. Nací en septiembre de 1973. Por lo tanto tengo ya 42 años. Sin embargo hoy cumplo 35.  Probablemente estéis pensando que soy una de esas mujeres que ya han empezado a quitarse años y se han plantado en una edad determinada porque me espanta envejecer. No es el caso. La razón por la que hoy cumplo treinta y cinco años se remonta exactamente a siete años atrás. 
Quienes me conocen saben que siempre he sido una persona muy extrovertida, alegre y vital. En mi casa me enseñaron que a la vida hay que plantarle cara y que no hay que rendirse nunca. Así he ido yo por la vida siempre hasta hace unos años. Por una serie de situaciones personales que no voy a explicar y de decisiones que tampoco vienen al caso, de la noche a la mañana todo el mundo que conocía cambió. La persona que siempre había sido desapareció y la vida que con tanto esfuerzo me había construido también se esfumó. 
En unos pocos días pasé de la luz y la fuerza a la oscuridad más absoluta. Me enfrenté a ella con todas las armas que tenía a mi alcance pero la oscuridad se fue haciendo cada vez más y más grande hasta que, al final, me dejé arrastrar por ella. Estoy convencida de que todas las cosas que pasaron en mi vida desde los 35 hasta los 40 años no fueron una mierda, ni un completo desastre. Pero, cuando echo la vista atrás, solo recuerdo esa oscuridad que lo envolvía todo, angustia, lágrimas, desesperación y una sensación de no tener ni idea de por qué tenía que seguir adelante. 
Sé que durante todo ese tiempo hubo una persona a mi lado que siempre me tendió la mano. Alguien que me abrazaba cada vez que podía y me recogía cada lágrima mientras me susurraba que todo saldría bien, que algún día me reencontraría conmigo misma en el camino. Y así cumplí 36, 37, 38, 39, 40….  Tengo que admitir que convertirme en cuarentañera marcó un punto y aparte en mi vida. Empecé a ver las cosas de un modo diferente y, poco a poco, la luz al final del caminó empezó a dibujarse. Me levanté. Volví a luchar y, lo más importante, sonreí de nuevo. No fue fácil y sí, recaí en muchas ocasiones. Pero ya no me dejaba arrastrar por la oscuridad. Ahora la luz tenía mucha más fuerza. 
Hoy tengo 42 años y, aunque tengo mis días malos como todo el mundo, mi vida ha cambiado por completo. Soy feliz. Vivo, siento, respiro, río, amo y me siento (como diría Montse) de putísima madre. Sé que no puedo recuperar el tiempo perdido porque, en realidad, no lo fue. Necesité de aquella angustia para ser quien soy ahora. Eso es algo que he ido asumiendo con el paso del tiempo. Sin embargo sí que hay algo que está en mi mano. Recuperar todas y cada una de las edades de las que solo recuerdo tristeza. 
Por eso hoy cumplo 35. Mi vida es otra y mi actitud también. He conocido a gente maravillosa en el camino. Con algunas de esas personas compartiré hoy cañas, almuerzo y copas. Sé que después de esto, cuando un día me retire a la casa frente a la playa junto a la persona a la que quiero, echaré la vista atrás y una sonrisa se dibujará en mis labios. Los 35 fueron geniales y, afortunadamente, empiezan hoy. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

Can´t take my eyes off you



Hace semanas que te has ido. Dejaste bien claro que no querías saber nada de mí y, sin embargo, yo sí quiero saberlo de ti. No sé qué me ha pasado contigo. Tampoco tengo la más mínima idea de por qué has sido la mujer que ha puesto todo mi mundo patas arriba. Pero ha pasado  y no puedo más que aceptarlo. Estoy cansado de luchar contra lo que siento. Harto de llevar una vida que no se corresponde en absoluto con el hombre en el que me he convertido.  Sin embargo.... Tú ya no estás. Debo aprender a vivir sin ti. Tengo que seguir adelante pero es que te llevo tan dentro de mí que no soy capaz de hacer ninguna otra cosa. He perdido la concentración en el trabajo, cuando llego a casa  me tumbo en el sofá y rememoro todos los momentos que pasamos juntos. Tal vez me haya equivocado porque ahora mismo estoy enfadado con el universo, con la vida... Aún así hay un nombre que no puedo dejar de pronunciar. El tuyo, MARGA.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Por qué me tomo la vida con humor

Sois muchos los que a diario os reís con las cosas que cuento tanto en Facebook como en Twitter. Otros me preguntáis cómo estoy siempre con esta energía y positividad que me suelen caracterizar. Por lo general no suelo hablar de mis agobios, mis angustias o mis malos momentos básicamente porque la vida me ha enseñado que esos tragos los tengo que pasar sola y lo más rápido posible. Tampoco suelo hablar en público de mis vivencias más personales. Soy bastante celosa de mi privacidad. Sin embargo llevo ya algunos meses recibiendo mails de personas que lo están pasando mal y me preguntan cómo es que siempre estoy sonriendo. Pues bien... Os contaré algo que muy poca gente sabe. Una experiencia que cambió mi vida para siempre y que tal vez os ayude a comprender por qué me tomo la vida con humor.

Empezaré diciendo que siempre he sido una persona muy extrovertida y risueña. Me encanta bromear y hacer que la gente se divierta cuando está a mi lado. Por circunstancias que ahora no vienen al caso esa chispa que siempre ha habido en mí se fue apagando poco a poco hasta que llegó un día en que ni siquiera reconocía a la persona veía reflejada en el espejo cada mañana. Aún así seguí adelante. Con el paso de los años empecé a tener problemas de salud al principio nada serios: Sobrepeso, dolores de espalda, de cabeza, ganas de llorar. El médico diagnosticó todo aquello como estrés y me recomendó que hiciera ejercicio. Estaba muy agobiada por todo lo que sentía pero, incluso así, empecé a andar diez kilómetros todos los días. Mi estado de ánimo no cambió, ni tampoco desaparecieron los dolores. Lo único que conseguí fue bajar algo de peso. Pero aquello no me animó demasiado.

Con todo el estrés del trabajo, la familia y querer llegar a todo mi estado empeoró. Lo hizo hasta el punto de que en menos de ocho meses me planté con 106 kilos, perdí el trabajo y me pasaba los días metida en la cama llorando.  Volví al médico y siguió diciendo que tenía estrés. Estuve vegetando casi un año hasta que, poco a poco, empecé a llorar menos, a salir más a la calle aunque seguía sin sentirme bien.

Una mañana del mes de junio de hace tres años estaba en la cocina preparando la comida y empecé a notar que los dedos de la mano izquierda se me dormían. Luego el hormigueo se extendió al brazo y, con una rapidez pasmosa, invadió toda la parte izquierda de mi cuerpo hasta el punto de no poder sostenerme en pie. A continuación el hormigueo pasó a la cara, a la boca y me di cuenta de que era incapaz de hablar. Estaba sola en casa y, aún no sé cómo, conseguí llegar a urgencias. Enseguida me atendieron, me metieron en una ambulancia y me llevaron al hospital. Cuando llegué allí me esperaban dos neurólogos que me sometieron a todo tipo de pruebas a una velocidad de vértigo.

Al terminar me quitaron la ropa y la colocaron dentro de una bolsa que etiquetaron debidamente con mi nombre y el número de paciente. En el tiempo que tardaron en traerme un pijama me quedé completamente sola. Tumbada en la camilla muy angustiada por lo que me estaba pasando miré en dirección a la bolsa que descansaba a mis pies y un pensamiento cruzó por mi mente: "Si te mueres ahora esto es todo lo que queda de ti. Cuatro prendas de ropa metidas en una bolsa". Me eché a llorar. No porque me diera miedo abandonar este mundo (soy de las que creen que somos energía y nos transformamos para regresar)  sino por ver lo pequeña que era, lo insignificante y cómo todo cambia en un segundo. Las personas que habéis pasado por circunstancias similares seguramente sabréis de qué os hablo.

Durante el día y medio que pasé completamente sola en el hospital (mi familia está a 500km y no los avisé) me hicieron de todo para ir descartando dolencias. A lo largo de aquellas 36 horas seguí viendo mi ropa metida en una bolsa de plástico y pensando que eso era yo. Y algo dentro de mí se revolvió con fuerza y se negó a ser aquello. No podía seguir pasando por la vida sin pena ni gloria. No tenía ningún sentido tomarme las cosas ni a las personas en serio porque, como estaba comprobando, si me moría me lo habría perdido todo. Me habría perdido a mí misma.

Al final los neurólogos dieron con lo que me pasaba (nada demasiado serio afortunadamente) y, después de una larguísima conversación con uno de ellos le conté la conclusión a la que había llegado. Él me miró sonriendo y me dijo que me firmaría el alta encantado si le prometía que iba a mantener ese mismo espíritu el resto de mis días. Así lo hice.

Han pasado tres años. He perdido 36 kilos. He conseguido escribir y publicar tres novelas.  Por supuesto he tenido y tengo mis días malos pero, ante todo, procuro reírme cada día lo máximo posible aunque sea de cosas que a cualquier otra persona le provocaría el llanto. Se puede. Os lo aseguro.

Y esta soy yo. Aquí, ahora y siempre.